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La actualidad deportiva o cómo sobrevivir al ruido

Una mirada crítica a la actualidad del deporte: del show mediático de la WNBA a la radio salvadoreña que aún nos salva del algoritmo.

Confieso que hay días en que abro el teléfono, veo la tanda de titulares deportivos y siento que estoy en una sobremesa familiar donde todos hablan a la vez y nadie escucha. Eso es, más o menos, la actualidad del deporte hoy: un grupo de gente gritando resultados mientras un primo lejano intenta contarte que su equipo descendió. Y sí, todo importa, pero no todo importa igual.

Permitanme una herejía: la actualidad deportiva ya no se mide por lo que pasa en la cancha, sino por lo que resiste el scroll. Lo que se viraliza no es siempre lo más relevante, ni lo más justo, ni lo más inteligente. Es, sencillamente, lo que mejor encaja en un formato de cincuenta segundos con música épica de fondo.

La épica del algoritmo: Sophie Cunningham y la guerra que no existió

Un ejemplo perfecto de esta deriva es el fenómeno alrededor de Sophie Cunningham en la WNBA. En las últimas semanas los clips la pintan como una guardaespaldas de Caitlin Clark, una suerte de justiciera con moño que sale a repartir lecciones. Los videos acumulan decenas de miles de vistas y las narrativas se escriben solas: héroe, villana, venganza, respeto ganado.

Ahora, hagamos un ejercicio de honestidad: ¿cuánto de esto es deporte y cuánto es telenovela con pelota naranja? No digo que la rivalidad no exista —el deporte profesional vive de ellas—, pero sí digo que la línea entre un hecho deportivo y una historia convenientemente editada se volvió peligrosamente difusa. Las jugadoras de la WNBA están jugando un baloncesto extraordinario, con niveles de competencia que hace diez años eran impensables. Y sin embargo, el clip que las consagra suele ser el empujón, no el triple sobre la chicharra.

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¿Es culpa del público? No del todo. ¿De los medios? Tampoco exclusivamente. Es una industria que funciona así, y nadie quiere ser el aguafiestas que apague la fiesta. Pero alguien tenía que decirlo: la narrativa del “guardaespaldas” es entretenida y también un poquito ridícula. Y está bien. Solo tomémosla por lo que es.

Mientras tanto, en la duela la temporada sigue. Hay canastas que valen más que cualquier dramatización de vestuario, y no les estoy haciendo justicia en este párrafo. Pero bueno, ya dije que era una herejía.

El Real Madrid y el arte de la cobertura eterna

Si hay algo que resiste cualquier análisis crítico es la cantidad industrial de contenido que genera el Real Madrid. Hay emisiones diarias, “cartas de ajuste deportivas”, repasos matutinos y vespertinos, y un ecosistema entero de creadores que vive de ruedas de prensa, sesiones de entrenamiento y declaraciones que se repiten con variaciones mínimas.

Y ojo: no lo digo como crítica al club. Lo digo como crítica a nosotros, los consumidores que seguimos picando. Hay días en que se informa que tal jugador hizo la segunda sesión de entrenamiento camino al Villarreal, y uno siente que está leyendo un parte meteorológico. Pero funciona. Genera clics. Llena programas. El show tiene que continuar, aunque el show sea un parte de entrenamiento.

A veces me pregunto cuánto de esta hipercobertura es verdadero interés y cuánto es simple inercia. Como ese grupo de WhatsApp donde nadie dice nada relevante pero todos mandan stickers. El Madrid es el grupo más grande del mundo y todos mandamos stickers.

La Selecta y el descenso que dolió pero no sorprendió

Saltando a otra geografía, la Selecta salvadoreña descendió a categoría B de la Nations League. Y esta sí es una noticia con consecuencia real, sin épica algorítmica de por medio. No hay clip de venganza, no hay drama editado, hay una realidad incómoda: el fútbol centroamericano sigue pelando con recursos, con procesos interrumpidos y con esa maldición eterna de empezar de cero cada cuatro años.

Aprovecho para mencionar algo que se está perdiendo: la radio deportiva salvadoreña sigue haciendo un trabajo silencioso y enorme. Programas como los que se emiten a diario en San Salvador sostienen una conversación deportiva seria, con oyentes fieles, sin filtros de algoritmo ni bailes de tendencia. Ahí se discute la jornada 15 del torneo, se llora el descenso y se pregunta cómo se sale del pozo. Eso no se viraliza, pero importa.

A veces pienso que la verdadera actualidad deportiva pasa ahí, entre antenas y llamadas de oyentes, más que en los imperios de clips donde todo se reduce a un zoom dramático.

Lo que me queda después del ruido

No es un manifiesto contra el entretenimiento deportivo, para nada. Me río con los memes, comparto los clips, discuto con mi padre sobre formaciones imposibles. El deporte es, entre otras cosas, un gran chiste colectivo que se renueva cada semana.

Pero conviene decirlo: cuando el ecosistema premia más el drama que la ejecución, la actualidad del deporte se convierte en un reflejo muy preciso de quiénes somos como consumidores; impacientes, ruidosos y siempre listos para sentenciar en mayúsculas.

Tal vez la revolución no exija apagar el teléfono ni dejar de mirar. Solo hacerle una preguntita incómoda a cada titular: ¿esto es deporte o es show? Saber distinguirlo ya es un mérito considerable. Y si no, siempre quedarán esas tardes de radio, la cancha y el resultado sin épica de fondo. Ahí, sospecho, el deporte todavía respira.